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¿Puede un hereje ser Papa?

Por encima del adulterio, el asesinato, la usura o la blasfemia, existe un pecado que supera en gravedad a todos ellos; la herejía. Y esto porque se trata de un pecado contra la Fe, que corta de raíz el vínculo que une al hombre con Dios y con la Iglesia, profanando el depósito sagrado de la Religión, necesario para la salvación de las almas.

Desdichados se vuelven los hombres cuando pierden el estado de Gracia por algún pecado mortal, pero por lo general, continúan siendo miembros de la Iglesia y hermanos en la Fe del resto de cristianos. El pecado de herejía, en cambio, destruye esta relación e implica la separación automática de la Iglesia. El hereje no es católico, y la catolicidad es condición necesaria para ser miembro de la Iglesia Católica.

Ser Papa no es una condición definitiva del hombre que ocupa el cargo de Vicario de Cristo. A un padre le pueden arrebatar la patria potestad sobre su hijo, e incluso apartarle completamente de él, pero lo que no podrán hacer jamás será borrar su paternidad, él siempre será su padre, incluso aunque no lo quiera. El Papa –en extraordinarias ocasiones– sí puede llegar a dejar de serlo en vida (por ejemplo, si renuncia canónicamente a su cargo). ¿Puede perderse el papado por herejía?

Separando la herejía de la Iglesia, y siendo necesario ser miembro de la misma para poder ser su cabeza, parece lógico que la herejía pueda privar a un Papa de dicha condición. Así se han pronunciado –unánimemente– todos los doctores, teólogos y santos de la Iglesia que han tratado la cuestión. Es una certeza teológica.

Sin embargo, donde no existe unanimidad entre los teólogos, es acerca del modo concreto en el que el hereje pierde el gobierno de la Iglesia, existiendo en líneas generales, dos opiniones diferentes. Según la primera, el derecho con el que uno es Papa –adquirido a través de una elección válida al papado– devendría en ineficaz, en lo que a la capacidad para gobernar la Iglesia y ser Pastor Supremo de los fieles se refiere, en el momento en el que sea verificable que el ocupante papal ha pronunciado pública y deliberadamente alguna herejía. El hasta ese entonces Papa, cesaría de tener toda autoridad sobre la Iglesia de una manera inmediata. Pensaban así San Roberto Belarmino, San Francisco de Sales, San Antonino de Florencia y el Cardenal Billot, entre otros. San Roberto Belarmino ha sido el Doctor de la Iglesia que de una manera más profunda y brillante ha abordado la institución del papado, lo que supone un fuerte respaldo a esta tesis.

Con todo, ha habido otros eminentes teólogos que a la hora de concretar el modo en el que el ocupante hereje pierde el oficio papal, han sostenido otra opinión; «el Papa caído en herejía, perdería en ese momento su legitimidad, pero sus derechos para gobernar la Iglesia seguirían surtiendo efecto hasta el momento en el que una autoridad competente (véase un concilio de obispos o un grupo de cardenales) emitiera una declaración oficial al respecto». Es la opinión de Cayetano y de Francisco Suárez, entre otros.

Esto en lo referente a un Papa que ha caído en herejía personal. Por lo que respecta a la validez de la elección canónica de un hereje como Papa, fue Pablo IV el que, a través de la bula Cum Ex Appostolatus Officio, de 1559 (y ante el temor de que algún protestante infiltrado pudiera acceder al trono petrino) quien decretó legalmente como nulas de pleno derecho, las elevaciones de herejes al papado, y dio fuerza de ley a la primera de las dos proposiciones antes expuestas. Si bien, este no puede considerarse un argumento definitivo, ya que el Papa Pablo IV no estaba definiendo una doctrina sobre la Fe y la moral –en lo que sería infalible– sino estableciendo una prohibición canónica o jurídica (que en principio sería inoperante en nuestros días, por no existir dicha prohibición en el Código de Derecho Canónico de 1917), resulta revelador que durante tantos siglos, la opinión de San Roberto Belarmino haya sido, seguramente, derecho vigente en la Iglesia.

Hasta ahora hemos hablado del momento en el que un falso Papa (falso, porque ya no es legítimo), pierde su autoridad sobre la Iglesia por cometer personal y públicamente, pecado de herejía. Para algunos teólogos de forma instantánea, y para otros tras una declaración oficial. Sin embargo, ¿qué sucede cuando el «Papa hereje» va más allá y pretende –por medio de su supuesta autoridad– introducir sus herejías en el Magisterio oficial de la Iglesia?

Uno de los distintivos más importantes de la Religión Católica, es la autoridad del Papa. Cristo da a su Vicario en la Tierra una autoridad que vincula a todos los fieles de la Iglesia con la persona del Papa. En virtud de dicha autoridad, sólo el Papa tiene la suprema potestad para interpretar la Sagrada Escritura y la Tradición; de él recibimos primariamente la Fe Católica, y a su Magisterio quedamos obligados. Los propios obispos y cardenales gobiernan y enseñan en la Iglesia, con una jurisdicción que reciben del Papa.

Para que la Fe Católica sea enseñada, desde San Pedro hasta la Parusía, sin cambios sustanciales, y que el Papa guíe siempre –a través de su Magisterio– a las almas al Cielo (razón ésta de ser de la Iglesia), Cristo dotó al papado de otros dos atributos: la infalibilidad y la indefectibilidad, que son necesarios para la realización de los fines propios de la Iglesia. 

La infalibilidad implica:

- El Papa no puede errar cuando solemnemente define una doctrina sobre la Fe o las costumbres.

- El Papa no puede errar cuando enseña algún punto sobre la Fe o la moral, creído siempre por la Iglesia o unánimemente sostenido por teólogos y doctores.

En otro orden de cosas, la indefectibilidad –que expondremos a continuación– no quiere decir inerrabilidad absoluta (a diferencia de la infalibilidad), sino que lo enseñado o codificado es sustancialmente católico, y que la Iglesia sigue proclamando la misma Fe, que conduce a las almas al Cielo.

La indefectibilidad implica:

- La catolicidad sustancial del Magisterio ordinario (una encíclica, por ejemplo). Éste no puede contener herejías o errores graves en materia de Fe o moral.

- La validez y la catolicidad de los ritos sacramentales aprobados por el Papa.

- La catolicidad de las Constituciones de las órdenes religiosas.

- Los santos canonizados gozan de la bienaventuranza eterna y son modelos de vida a seguir para los cristianos.

Por lo tanto, es un hecho cierto –y no opinable– que si un hombre electo canónicamente como Papa, promulgase solemnemente enseñanzas heréticas en un Concilio General, enseñase a los fieles herejías o errores morales graves en una encíclica, aprobase una «Misa» de fundamento teológico herético o de dudosa validez, aprobase sacramentos dudosos o canonizase a notorios herejes, este hombre en verdad no sería Papa, ya que su título canónico no desplegaría sus efectos genuinos por un imposible teológico. Cristo no podría darle la autoridad para gobernar la Iglesia debido a un obstáculo insalvable, que el propio sujeto electo al papado quiebra –si es Papa– atributos y caracteres esenciales, con los que fue fundada por Dios la Iglesia Católica.


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